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RESCATE DE IÑAKI OCHOA DE OLZA “EL COMPAÑERISMO LLEVADO A SU MÁXIMA EXPRESIÓN” El viernes 23 de Mayo de 2008 , fallecía Iñaki Ochoa de Olza. Tras cinco noches a más de 7.400 metros de altura y afectado por una grave lesión cerebral complicada posteriormente por un edema pulmonar, Iñaki Ochoa no pudo aguantar más y falleció a las 8.45 horas (12.30 horas en Nepal) en la pared sur del Annapurna. A su lado, el montañero suizo Ueli Steck, que había llegado hasta la tienda del pamplonés pocas horas antes, en el techo del Himalaya, tras una vertiginosa ascensión desde el campo III. Apenas cuatro horas separaron al navarro de contar con el oxígeno artificial que portaba el kazajo Denis Urubko, quien estaba realizando un ascenso a la desesperada desde el campo II (6.900m). El kazajo era sólo la punta de lanza de un impresionante dispositivo de rescate que, en apenas cuatro días desde la noticia del inicio de los problemas del pamplonés, ha sido capaz de reunir en la pared del sur del "ochomil" nepalí a un total de 14 montañeros de distintas nacionalidades dispuestos a ayudar al navarro. El cuerpo sin vida del montañero navarro Iñaki Ochoa de Olza, descansará para siempre en la montaña nepalí, así lo decidió la familia de Ochoa de Olza, no sólo para evitar un riesgo de más vidas humanas, puesto que varios montañeros de diferentes nacionalidades estaban participando en las tareas de rescate, sino por seguir la propia filosofía del alpinista pamplonés. Me gustaría que todos y todas las componentes del C.D Cantera, pudierais ver este extraordinario documental ofrecido recientemente en el programa de TV Informe Robinson y sacarais vuestras propias conclusiones . Os dejo los enlaces para que así lo podáis hacer:
También publicamos la última crónica de Iñaki desde el pico Nepalí: ULTIMA CRÓNICA DESDE EL ANNAPURNA “MI LUCHA” Que no se asuste nadie; no me he vuelto loco del todo, ni estoy peleado con el mundo, ni tampoco me he asociado con lo más granado del nacionalsocialismo. Nada de eso parece haber sucedido, por fortuna. La lucha de la que hablo hoy, mi desesperado anhelo por pisar la cima del Annapurna, es pacífica y espero que noble, apasionada y también quizás algo rebelde, aunque jamás a cualquier precio. La lid a la que me refiero hace que llevemos casi 30 años preparándonos para cuatro días de escalada, muchos meses de entrenamientos específicos con la mente puesta sólo en una cosa, y también ya más de 70 días en Nepal La espera de las condiciones adecuadas está siendo tensa y larga, pero se supone que el objetivo, de primera categoría, así lo merece. Aunque no hagan mucho caso cuando lean por ahí que pensamos atacar la cima, ya que aquella no nos ha hacho nada, ni tampoco es nuestra intención conquistarla; a lo sumo podremos convivir en paz durante unos cortos minutos, y después continuar nuestro camino agradecidos. La lluvia golpea con intermitente suavidad la tienda del campo base mientras escribo, ahora en mayo ya sólo nieva durante la noche. Pienso en los días pasados en la montaña últimamente, en medio de la tensión propia de la escalada más difícil de mi vida y rodeados de dificultades en las relaciones personales. Grietas, avalanchas, tormentas, broncas con algún compañero… no se puede decir que nuestras vidas sean anodinas. Alguien definió con acierto al Annapurna como la personificación geológica de la angustia. Yo añadiría sin dudarlo el desamparo y la amarga sensación de ser el último habitante de este planeta. Cuando te plantas debajo, descubres que da igual que pises la cima o que no lo hagas, nada va a cambiar en ambos casos. Esa cima que centellea con rabia sólo mide con exactitud nuestra propia vanidad, nuestra impermanencia irremediable. A veces me gustaría ser libre de mis propios deseos, como un budista cualquiera, y ser feliz sólo contemplando la belleza de lo que me rodea, sin necesidad de escalarla. Pero esta una montaña fantástica, y yo un hambre débil, y el deseo ha crecido tanto que ya es difícilmente controlable sin amenazas. Esperamos ansiosos el OK por parte de los meteorólogos suizos que, vil metal mediante (son suizos pero no idiotas), nos ayudan con sus previsiones. Decían los guerreros japoneses, samurai, que la mayor victoria es vencer sin pelear. No sé si aquí podrá ser así. Por ejemplo, nuestros cuatro compañeros rusos, que han peleado como jabatos y vuelven sin la cima, ¿derrotados? Doce días han transcurrido desde su salida del campo base y su regreso, y cada uno de ellos parece una persona diferente, consumidos hasta el alma. Se van ya para casa, tristes, pero en sus ojos puedo adivinar un brillo que los míos todavía no tienen, pero espero que pronto posean. Será sólo después de la lucha. Iñaki Ochoa de Olza |